¿Es su patente y constante evolución quien les confiere su grandeza o es ésta grandeza la encargada de obligar al combo de Atlanta a retorcer una y otra vez los parámetros establecidos con tal de ofrecernos algo que por enésima vez vuelve a distanciarse de todo lo ofrecido hasta ahora? Entendida grandeza, claro, como la posición que en importancia ocupan en el universo metalero mundial y que lleva a los discos editados por los americanos desde el rompedor “Leviathan” a ser venerados y odiados al unísono. En ésto también son grandes, pues pocas bandas de su abolengo son capaces de generar tal disparidad de opiniones entre unos y otros. Y en medio un modesto juntaletras que en las próximas líneas intentará ser lo mas imparcial posible, a beneficio tanto de quienes adoran como de quienes odian a nuestros avezados Mastodon. A beneficio de quienes nos leen, faltaría mas.
Que el punto de partida y a la par single del álbum sea esa marcianada de nombre “Oblivion” ya da muestras de que una vez mas el combo americano ha vuelto a hacer lo que le salía de las pelotas, porque aunque el sonido de siempre está bien patente, éste aparece tan enmarañado y sosegado bajo las siempre desérticas líneas vocales que no puedes si no restregar por la cara de los conformistas semejante atrevimiento. Riff juguetón, línea de batería lenta y preponderancia como digo de las voces por encima del resto de instrumentos. “Divinations” pisa terrenos mas cercanos al Sludge y por ende, mas propios de una banda como ésta, poseyendo una rabia (contenida si, pero rabia al fin y al cabo) de la que no hacía gala el primer tema del álbum y jugando entre voces limpias y rasgadas en uno de los temas mas convencionales de todo el álbum, no por ello menos acertado en su propuesta. Cabe destacar el solo de guitarra que ilumina la parte final, deudor del mejor Zakk Wylde aunque desprovisto de los clásicos armónicos del seis cuerdas de Ozzy. “Quintessence” viene envuelta en un manto de guitarras respondonas, sobre una base rítmica acelerada y cambiante, en la cual Troy Sanders y Brann Dailor se conjugan a la perfección firmando uno de los momentos álgidos de todo el álbum. Sobre todo ello nuevamente voces limpias que solo alcanzan tonos bruscos llegado el escueto estribillo.
“The Czar” no es un tema corriente. Supera los diez minutos de duración y en su inicio queda patente cierta querencia de los americanos por el progresivo mas espacial de los setenta. Tranquilo, y reposado, va sirviendo de puente entre la calmada parte inicial y ese interludio de cierto regustillo a los Monster Magnet mas underground, a los de antes de su gira mundial con Metallica, a los que con “Dopes to Infinity” hicieron de el Rock psicodélico algo mas grande que Jesucristo. Pero no quiero irme por las ramas, de poner a la banda del ahora orondo Dave Wyndorf en su sitio ya habrá tiempo otro día. Superados los siete minutos vuelve a reinar la calma al tiempo que guitarras y voz van intercambiando sus papeles en otro de los grandes momentos del álbum con un solo que no puede si no apestar a desierto seco, tórrido y cabrón. “Ghost Of Karelia” nos entrega a los Mastodon mas arrastrados y arenosos, en uno de los temas del álbum en el cual mejor encajaría la etiqueta de Sludge Progresivo que no pocos han venido a aceptar como válida llegado el momento de etiquetar sin remisión al cuarteto de la cuidad de la Coca Cola. Subidas, bajadas, interludios, alternancias, este fantasma de Karelia se vuelve por momentos en una montaña rusa de la que no te quieres bajar nunca. “Crack The Skye”, encargada de dar título al álbum roza los seis minutos y posee un inicio de lo mas enigmático y atrevido de todo el trabajo, el cual da paso a las voces mas cabronas que se hayan oído en tiempo, en perfecta conjunción con unos coros limpios y un riff matón a mas no poder. Como aliviar la sed con gasolina. Claro que cuando las flitradas a lo Cynic hacen acto de presencia uno no puede si no regocijarse una vez mas en la grandeza y la incomprensión en la que siempre vivió la genial banda de Miami.
El cierre de ésta última obra de estos cuatro geniales locuelos lleva por nombre “The Last Baron” y es el otro de los temas junto con “The Czar” que supera los diez minutos. Arranca nuevamente de forma sosegada, con esas peculiares voces marca de la casa y ambientes ligeramente sureños, sobre un manto donde una vez mas la batería de Brann Dailor parece ir a su bola hasta alcanzar el crescendo que convierte todo lo que toca en enajenación mental permanente para volver a dar paso a compases ya marcados con anterioridad. Broche excelente a un disco que nos entrega a unos Mastodon menos incendiarios pero mas retorcidos. Menos oscos pero mas rupturistas. Mas Mastodon si cabe en definitiva. Porque si de algo pueden presumir los de Atlanta es de ser una de esas bandas que jamás se acogen a tópicos, que pese a tener una fuerte base de fans en todo el mundo se esfuerzan en sonar diferentes cada vez y que en definitiva hacen lo que hacen sin importarles las consecuencias. Podrán gustar o no, pero su atrevimiento es jodidamente indiscutible. 
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